jueves, 10 de enero de 2008

Marcelo Cohen dixit

Me gusta considerar lo que la gente piensa y me gusta deliberar con la gente cercana sobre los demás. El estado de deliberación es una buena atmósfera para las novelas. No estoy hablando sobre la técnica y la ontología de la novela, que es enorme, nos pesa y nos hace cuidarnos demasiado, ni tampoco planteo volver a una nueva inocencia. Sigo pensando que la literatura es un rodeo en la búsqueda de ciertas verdades del caso. ¿Por qué uno es un lector? Una razón muy importante es lo que sostiene Bloom: leyendo conocemos muy bien a alguna gente y conocemos muy bien a mucha más gente a la que podemos conocer ligeramente bien en toda una vida. Las experiencias de la vida se completan con las frases inolvidables de Proust, de Sebald, de Corman McCarthy, pero me parece que las personas son inolvidables, que todos tenemos un álbum vital de personajes que renuevan lo humano. La novela está en condiciones de empezar a actualizar el repertorio de lo humano para intentar crear nuevos mitos. Los novelistas fuertes de esta época, los que realmente abrieron camino, tienen una pulsión de grandeza. La grandeza es una apariencia que surge seguramente de un sentimiento trágico, de una pasión trágica con el lenguaje.