domingo, 3 de febrero de 2008

Otra faceta, una más, de Pessoa...

Por Rodolfo Edwards (a propósito de "Escritos sobre ocultismo y masonería: Fernando Pessoa")
El inagotable portugués Fernando Pessoa no deja de abrir sus cofres. Verdadero géiser verbal, no caben dudas de que debió apelar al recurso de la heteronimia para encauzar tantos endemoniados torrentes internos. De su pluma han brotado, además de su impar poesía, un notorio cúmulo de reflexiones sobre variadísimos temas. La profusión de su obra (después de su muerte se encontraron cerca de 25 mil manuscritos minuciosamente archivados) implica sumergirse en un laberinto impredecible. La gran virtud de Pessoa fue diseñar una densa máquina textual, capaz de soportar una maraña de conceptos que dejaron una buena marca en la literatura universal. En Escritos sobre ocultismo y masonería, Pessoa expone sus preocupaciones teosóficas y gnoseológicas. Conmovido por el suicidio en París de su amigo y colega Mario de Sá-Carneiro, Pessoa se aboca al estudio de disciplinas esotéricas, buscando explicar lo insondable. En aquel primer cuarto del siglo XX comparte dicha actitud con otros contemporáneos como Ramón del Valle-Inclán, Rubén Darío y nuestro Leopoldo Lugones, quien en Las fuerzas extrañas desplegó sus especulaciones sobre las ciencias ocultas. Ante furibundos ataques y disposiciones restrictivas de la corporación política portuguesa a las actividades de las sociedades secretas, Pessoa adopta una posición claramente apologética de las mismas y se vale de sólidos argumentos: “Por ‘asociación’ se entiende una agrupación más o menos permanente de hombres, ligados por un fin común, y que por ‘secreto’ se entiende lo que, por lo menos parcialmente, no se hace a la vista del público (...) Por lo demás, todo lo serio o importante que se hace en reunión en este mundo, se hace secretamente. Si no se reúnen en público los consejos de ministros, tampoco lo hacen las direcciones de los partidos políticos o las tenebrosas figuras que orientan los clubes deportivos”, concluye Pessoa, y este razonamiento resuena aún lozano en el presente. La dialéctica entre lo exterior y lo interior se resuelve en “la doctrina del sueño” que Pessoa pone a funcionar sobre toda actividad humana, y que a su vez le sirve como teoría y programa poético. Como buen estudioso de sí mismo, predica el autoanálisis como método y expone hipótesis y conjeturas con el objeto de encontrar claves para la comprensión del mundo: “En sueños puedo vivir las mayores angustias, las mayores torturas, las mayores victorias. Puedo vivir todo eso tal como por fuera de la vida: depende sólo de mi poder en volver vívido el sueño, nítido, real. Eso exige estudio y paciencia interior”. Además de las disquisiciones esotéricas de Pessoa, el libro incluye fragmentos de diarios personales, ese work in progress que Pessoa redactaba con maestría, quizá consciente de que esas anotaciones habrían de sobrevivirlo: “La poesía está en todo: en la tierra y en el mar, en el lago y en la margen del río. Está en la ciudad también –no lo nieguen—, aquí donde me siento es para mí evidente: hay poesía en el ruido de los autos de las calles, hay poesía en cada momento o inclusive en el vulgar, ridículo movimiento de un trabajador que, del otro lado de la calle, está pintando maderitas de un tronco”. Leyendo estas impresiones, estos destellos ensayísticos, constatamos que detrás de cada verso pergeñado por Pessoa habita un complejo entramado de filamentos filosóficos: es como deshacer las costuras de un esplendoroso vestido hasta llegar a la raíz de su diseño, a sus íntimas razones. Como en el caso de Pessoa todo queda en casa, rápidamente linkeamos con uno de sus heterónimos, Bernardo Soares, escribiendo el monumental Libro del desasosiego (publicado póstumamente), esa profunda inmersión en el oficio de escribir/vivir que sigue siendo uno de los mayores “manuales” para escritores de todas las épocas.